Texto bíblico:
9 30 Desde
allí fueron recorriendo Galilea, y no
quería que nadie lo supiese. 31 A los discípulos les explicaba: - El
Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte; después
de morir, pasando tres días, resucitará.
32
Ellos, aunque no entendían el asunto,
no se atrevían a hacerle preguntas.
33 Llegaron
a Cafarnaún y, ya en casa, les preguntó: - ¿De qué hablaban por el camino?
34
Se quedaron callados, porque por el
camino habían estado discutiendo quién era el más grande. 35 Se
sentó, llamó a los Doce, y les dijo: - El que quiera ser el primero, que se haga
el último y el servidor de todos.
36
Después llamó a un niño, lo colocó en
medio de ellos, lo acarició y les dijo: 37 – Quien reciba a uno de
estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a
quién recibe, sino al que me envió.
Comentario:
El pensamiento nos juega a veces una
mala pasada, exaltando pasiones por la codicia de la gloria, como les sucedió a
algunos discípulos, pero Jesús conocía perfectamente bien el corazón de sus
íntimos amigos, conocía lo que pensaban y lo que sentían y se daba cuenta lo
que ellos planeaban y tramaban en su interior. Jesús, que sabe muy bien como
salvar a los hombres de las caídas, cuando vio que se suscitaba esta idea en la
mente de sus discípulos como un germen de amargura, antes que tomase
incremento, la arrancó de raíz. Es así como conociendo sus pensamientos,
sentándose, llamó a los Doce, tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y,
abrazándolo, les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me
recibe a mí y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquél que me
ha enviado”
El niño tiene el alma sincera, es de
corazón inmaculado y permanece en la sencillez de sus pensamientos, el no
ambiciona los honores, ni conoce las prerrogativas, entendiéndose esto por el
privilegio concedido por una dignidad o un cargo, tampoco teme ser poco
considerado, ni se ocupa de las cosas con gran interés. A estos niños ama y
abraza el Señor; se digna tenerlos cerca de sí, pues lo imitan. Por esto dice
el Señor (Mt 11,29): "Aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón".
Cristo nos busca y nos elige, no
porque somos buenos, sino porque Él es bueno y nos ama al extremo y espera que
nosotros cambiemos. Dios nos pide cambiar y espera que seamos hombres y mujeres
buenos, como su Hijo Jesucristo, “mansos y humildes de corazón.”
Anita

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