2 1 Después de unos días volvió a
Cafarnaún y se corrió la voz de que estaba en casa. 2 Se reunieron
tantos, que no quedaba espacio ni siquiera junto a la puerta. Y él les
anunciaba la palabra. 3 Llegaron unos llevando un paralítico entre
cuatro; 4 y, como no lograban acercárselo por el gentío, levantaron
el techo encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la
camilla en que yacía el paralítico.
5
Viendo Jesús su fe, dijo al paralítico: -
Hijo, tus pecados te son perdonados.
6
Había allí sentados unos letrados que
discurrían en su interior: 7 - ¿Cómo puede éste hablar así?
Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?
8
Jesús, adivinando lo que pensaban, les dijo: -
¿Por qué están pensando eso? 9 ¿Qué es más fácil? ¿Decir al
paralítico que se le perdonan sus pecados o decirle que cargue con su camilla y
comience a caminar? 10 Pero para que sepan que el Hijo del Hombre
tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados - dijo al paralítico-: 11
Yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
12
Se levantó de inmediato, tomó su camilla y
salió delante de todos. De modo que todos se asombraron y glorificaban a Dios
diciendo: Nunca vimos cosa semejante.
Comentario (19/2/12):
Con
este milagro del paralítico, Jesús da respuesta, a la vez, al enfermo, sus
amigos y a los fariseos.
Jesús
premia la fe de esa gente (amigos del paralítico), que convencieron a su
compañero que debía ir donde Jesús.
Y
dice: Tus pecados te son perdonados. ¡Qué
palabra más extraña! ¿Cómo Jesús perdonaría los pecados si el hombre no es
conciente de alguna falta ni espera su perdón? Seguramente, el enfermo se había
preguntado por qué Dios lo castigaba (pues se creía que la enfermedad era
castigo de Dios). Y, a lo mejor, era conciente de algún pecado que atemorizaba
su conciencia. Por eso, mientras lo invitaban a buscar sanación, sus
remordimientos lo hacían dudar que para él hubiera algún milagro. Pero, apenas
está en presencia de Jesús, éste lo mira y le da la seguridad del perdón, que
lo preocupaba más que la enfermedad.
Cuando
Jesús perdonó al paralítico, la gente sencilla no pensó en lo escandaloso de su
sentencia, pues no tenían la formación religiosa para pensar que sólo Dios
podría dar una absolución como ésta. Son los fariseos y maestros de la Ley los
que se escandalizan. Su indignación es justificada, puesto que ni ellos, ni los
demás, ni los discípulos entienden todavía que Jesús es el propio Hijo de Dios.
Jesús desconcierta a los que se preguntan quién es él y demuestra que sólo él
puede sanar al hombre entero, en cuerpo y alma.
Jesús
perdona los pecados. El pecado se da siempre que traicionamos algún compromiso
o desoímos un llamado de Dios y de nuestra conciencia. Y por eso el perdón de
los pecados no se compra con penitencias ni con prácticas religiosas. Lo
importante es volver a Dios con humildad, confiado en su misericordia.
Anita
Comentario (13/1/12):
El evangelio nos relata la
fe y la solidaridad de cuatro amigos y un paralítico que vencen obstáculos
insalvables para estar cerca de Jesús. Suben al techo de una casa con el
enfermo en una camilla, abren un boquete y lo descuelgan para que el enfermo
quede cerca del Señor. Pero el Señor antes de sanar el cuerpo sana el alma de
la persona que puede estar paralizada por la codicia, el egoísmo y la soberbia,
y luego libera las piernas. Para trabajar en el Reino se necesitan personas con
una conciencia y vida nueva, o sea, liberadas de las ataduras del pecado.
Los cuatro amigos y el
enfermo representan a las comunidades cristianas de entonces y de hoy, que
tienen que enfrentar los obstáculos y superarlos para no alejarse del Señor;
por el contrario, si los obstáculos nos ganan, quedamos muy lejos del Señor y
la comunidad desaparece.
(Marité)


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