1 40 Se le acercó un leproso y [arrodillándose] le suplica: - Si quieres,
puedes sanarme.
41 Él se compadeció, extendió
la mano, lo tocó y le dijo: - Lo quiero, queda sano.
42 Al instante se le fue la
lepra y quedó sano. 43 Después lo despidió advirtiéndole
enérgicamente: 44 – Cuidado con decírselo a nadie. Ve a presentarte
al sacerdote y, para que le conste, lleva la ofrenda de tu sanación establecida
por Moisés.
45 Pero él salió y se puso a
proclamar y divulgar el hecho, de modo que Jesús no podía presentarse en
público en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares despoblados. Y
de todas partes acudían a él.
Comentario (12/2/12):
¿No
nos ha pasado muchas veces que nos sentimos sucios, indignos de la compañía de
nuestros seres queridos, por errores cometidos y culpas no superadas? Cuando
sentimos eso estamos refrendando la Ley del Antiguo Israel, nos apartamos como
si fuéramos leprosos, sin dignidad.
Pero,
si tomamos una actitud valiente y nos acercamos a nuestros seres amados y
pedimos perdón abriendo nuestro corazón, diciendo “si quieres, puedes sanarme”
con solo las palabras “te perdono” o “te amo”, estamos haciendo lo que hizo el
leproso del evangelio de hoy.
Rompiendo
la Ley, que lo sometía a la soledad y el abandono, se acerca a la persona en la
que él cree y confía y no queda defraudado.
Jesús
no es legalista, cada vez que ve una fe y amor sinceros se entrega por entero:
se compadece, extiende la mano, toca al desvalido y le devuelve la dignidad de
ser humano que nunca debería haber perdido. Y como todas las veces en que Jesús
hace un cambio profundo en la persona con la que se compromete, el leproso sale
a decirles a todos la alegría de su nueva condición, anunciando la Buena Nueva
de Jesús a todas las personas que conoce.
Hoy
podemos y debemos ponernos en ambas posiciones. Cada vez que nos sintamos
disminuidos debemos acercarnos a nuestros seres queridos (que entre ellos está
Jesús) y confiar en su apoyo y entrega desinteresada. Cada vez que nos pida
ayuda alguien a nuestro alrededor no mirar su vestuario ni condición social y
abrirnos al contacto lleno de humanidad.
Y
nunca olvidar proclamar el evangelio, la Buena Nueva, a nuestro alrededor para
que nuestros cercanos también conozcan a Jesús.
Comentario (12/1/12):
El leproso, en aquella
época, era un enfermo muy contagioso y se les aislaba y se les condenaba a
vivir lejos de su familia y de la sociedad. Eran prácticamente muertos en vida.
Pero él reconociéndose
enfermo se aproxima a Jesús. La ley decía que el leproso no podía acercarse a
Jesús y Jesús no podía dejarlo acercarse, pero Él lo permite. La fe del leproso
y el amor de Jesús hacen realidad la Buena Noticia y la ley inhumana queda de
lado.
Tres verbos muestran el
amor de Jesús por los enfermos y marginados: compadecerse, extender la mano y
tocar. Con estas acciones transforma la realidad de la persona y lo reintegra a
la familia y a la sociedad.
Nosotros también hemos
estado enfermos, nos acercamos a Jesús, extendió su mano, nos tocó, y nos sanó
de nuestras enfermedades del alma. Él espera que seamos evangelizadores, como
el leproso, que proclamemos y divulguemos con entusiasmo y alegría, la presencia
de Jesús entre nosotros. También espera que extendamos la mano y toquemos a las
personas que se acerquen a nosotros solicitando nuestra ayuda y atención.
(Marité)
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